El epicentro de occidente

Roma, Ciudad Eterna.

En la historia se encuentra la explicación de lo que somos. No se trata de una de esas grandes frases a las que se recurre habitualmente, ni siquiera sé si alguien la ha dicho antes que yo. Es, simplemente, una evidencia. El presente es una consecuencia del pasado y, a su vez, la causa de nuestro futuro. Sin historia no seríamos nada, simplemente no existiríamos. Conviene recordar estas obviedades, porque vivimos en un mundo que camina tan deprisa que, a veces, nos olvidamos de lo más simple, de lo básico. Nos olvidamos de que, antes que nosotros, hubo otros y así durante miles de años.

Siempre me ha interesado la historia y, por encima de todo, la historia de Roma. Desde que aquel libro de Indro Montanelli cayera en mis manos y abriera mis ojos a lo que fue esa gran cultura milenaria, no he dejado de interesarme por ella. Luego vino el estudio del derecho romano y de otros personajes como Julio Cesar, Escipión o Séneca, todos fascinantes.

No voy a extenderme con la historia de esta maravillosa cultura porque daría para muchas páginas, para muchos libros, para bibliotecas, incluso. Solo quiero poner de manifiesto que Roma, el Imperio Romano, es la base de nuestra cultura occidental. Ya sé que también existieron otros pueblos y otras culturas, nórdicos, sajones, eslavos, árabes, etc., pero todos fueron en su día influenciados o sometidos por aquel gran imperio, romanizados en mayor o menor medida, con lo que nuestra base es y ha sido siempre, netamente romana.

No había tenido la oportunidad de visitar esta ciudad y era para mí una asignatura pendiente, por lo que decidí poner fin a la incógnita. Confieso que afronté esta aventura imbuido del concepto romano del que os he hablado anteriormente; yo me disponía a desembarcar en la gran capital del Imperio Romano y, por ese motivo, cuando Isabel me puso como condición que un día lo deberíamos dedicar a visitar El Vaticano, pensé que un día en una semana no me desviaría demasiado de mi objetivo.

Me encanta que la vida me sorprenda y Roma me sorprendió. Pronto me di cuenta que aquella ciudad era, en realidad, dos ciudades. Por un lado estaba la Roma romana y pagana, y por otro, la Roma cristina y peregrina;  en El Coliseo y El Vaticano se encontraban sus respectivos símbolos.

La joven y bella guía que nos mostró el Coliseo, tenía mucho interés en que entendiéramos que aquellas ruinas habían sido expoliadas, durante siglos, por La Iglesia y por los ricos de la ciudad, que se habían llevado las grandes piedras de mármol y las grapas de hierro que las amalgamaban para la construcción de sus templos y palacios. Luego, como de pasada, nos dijo que aquel “Coloso” había sufrido no menos de cinco terremotos y, ya al final, nos dejó caer que, hasta hace unos veinte años, cualquiera podía entrar y salir de allí sin pagar entrada alguna y sin otro tipo de control.

Curiosa forma de explicar la historia, máxime cuando, con orgullo, nos planta que fue construido con el botín de guerra que Tito obtuvo de la conquista de Jerusalén. Irónico, ¿no? Los judíos contribuyendo a la construcción del “Gran Coliseo”, un centro de diversión y espectáculos paganos. Luego, la naturaleza interviene abruptamente y pone muchas de sus maravillosas piedras de mármol en el suelo del que fueron extraídas con mucho esfuerzo, y ese fue el momento de los depredadores que, martillo en mano, las fueron reciclando para otras construcciones. Por suerte, algunas de esas piedras, fueron a parar a la antigua Basílica de San Pedro y a otras iglesias romanas. Era el tributo que el Coliseo le debía pagar a ese grandísimo judío llamado Jesús de Nazaret, más conocido por Jesucristo, y que fundó, ni más ni menos que, «El Cristianismo». Ni una sola palabra o referencia a que el expolio se paró cuando los cristianos lo convirtieron en un lugar de culto en honor a los primeros mártires ajusticiados en aquel lugar; nada.

Luego llegó Carlo, un personaje muy peculiar que nos dio una versión muy particular de la historia de Roma, mientras recorríamos el Foro y el Palatino, representación teatral incluida. Fue ameno, lo reconozco, pero los hechos y los personajes estaban caricaturizados, exagerados, teatralizados para ser presentados al ignorante turista que los consume a diario con una gran sonrisa en sus labios. El fácil y socorrido mensaje de los expolios se repetía, ahora más sutil y velado.

Yo escuchaba con curiosidad y con sorpresa, mientras sacaba fotografías a todas las piedras que se ponían delante de mi cámara. Aquello me aburría, no me interesaba y comencé a observar a mis compañeros de grupo, todos eran de habla hispana y me resultó fácil. El noventa por ciento de aquella gente, voy a ser generoso, no tenía ni idea de quien había sido Agripa o Caracalla y compraban el mensaje de los guías como una parte del lote pagado sin entrar en el contenido del mismo.

Ya sé que la historia siempre ha sido manipulada y contada a capricho del mandamás de turno. Aquello de que “la historia la escriben los vencedores” es una afirmación muy acertada. Pero si hay una cosa que me molesta especialmente, es que se analicen y se critiquen hechos históricos desde la perspectiva actual, sin hacer el más mínimo esfuerzo por trasladarse al momento al que ocurrieron esos hechos históricos, al contexto en que se desarrollaron. Contar la historia así es matarla, es falsearla, tergiversarla, vaciarla de su principal contenido, que no es otro que la gente y la vida.

Eso es, amigos míos, lo que yo percibí en la Roma romana y pagana, un montón de piedras, un montón de ruinas, muchas vallas y muchas cabinas; todo ello aderezado por otro montón, mucho más grande, de turistas, de gente que miran todas esas piedras y esos lugares sin entender que allí vivió una sociedad tremendamente avanzada para su época, que disfrutaban de grandes lujos y de grandísimas miserias, que, a pesar de la esclavitud de entonces y de la tecnología de ahora, no se diferenciaba tanto de la nuestra. En definitiva, el Gran Coliseo, centro de muerte y fábrica de ídolos, no se encontraba demasiado lejos de nuestros grandes y magníficos estadios de fútbol. La gente mira el Palatino esperando ver a Nerón prenderle fuego, mira el Circo Máximo esperando ver a Charlton Heston sobre una cuadriga de caballos blancos y en el Coliseo a Espartaco. Aquella Roma pagana está muerta y la gente que la visita la observa desde la pasividad y la indiferencia, poniéndole una cruz en un papel para preparar su próximo viaje a otro lugar donde haya menos piedras y éstas se encuentren más ordenadas.

Sin embargo, descubrí que al otro lado del Tevere, se encontraba otra ciudad llena de vida. Una magnífica plaza de San Pedro que estaba llena de peregrinos a todas horas. La basílica del mismo nombre, también llena a todas horas. Pronto me di cuenta de que la gente de aquel lado del río no era como la otra, aquella gente tenía algo dentro, no sé, quizá un motor que la había movido hasta allí. Aquella gente hablaba, bullía, rezaba, miraba y admiraba, y estaba viva, sentía.

Todo esto se hace mucho más evidente los miércoles durante la audiencia del Papa o el domingo a mediodía, a la hora del Ángelus.  El público abarrota la plaza por él, ha ido allí por él, todos quieren verlo, le quieren tocar, quieren estar lo más cerca posible de él, le quieren saludar, le quieren decir lo mucho que lo quieren, lo mucho que lo aman. Lo ves y lo percibes en la gente que te rodea. Él, subido en su papamóvil, camina entre la gente, bendice, saluda, habla, toca, coge a niños, los deja. Se le ve que le gustaría bajarse de allí y abrazarnos a todos, pero no puede hacerlo. Su voz, su discurso, su mensaje, su infinita paciencia; todo está lleno de vida y transmite vida, transmite sentimiento. Ponle tú el nombre a esos sentimientos, pero ahí están, son los que dan vida a la gente, los que les han traído hasta aquí.

La vida sigue bullendo dentro de la propia basílica con una vitalidad sana, fuerte y vigorosa. Allí, en la gente que se agrupa frente a la Piedad de Miguel Ángel que te mira con su inmensa bondad, abrazando con su gesto a los millones y millones de peregrinos y visitantes que desfilan ante ella. Allí, en la capilla dedicada a Juan Pablo II, donde la gente se arrodilla y reza con fervor a la memoria de este papa. Allí, en cualquier capilla que se abre para un oficio y que en minutos se llena de gente. Allí, en la gran cantidad de visitantes que se agolpa ante las vallas de madera que te impiden el paso a la cúpula o en los que suben a ella para ver el espectáculo que se contempla desde arriba. Allí, en la Capilla Sixtina, donde el genio de Miguel Ángel se empeñó, desafiando a la ley de la gravedad, en regalarnos la más sublime expresión de la belleza, propia de un ser único e inimitable, de una personalidad fuerte y tenaz, y de una inteligencia prolija y admirable.

Siento una atracción especial por los genios, lo admito. En su presencia o en contacto con sus obras, mi mente cambia por completo. Trato de penetrar dentro de su cabeza y, ya, ya sé que eso no es posible, pero lo intento porque es entonces cuando la mía se torna clara, lúcida y tremendamente productiva. La gran virtud de los genios, aunque estén muertos, es que ante ellos la gente se desnuda, se muestra tal como es. Esto se ve claramente en la Capilla Sixtina. Allí, la gente mira distraída al techo, resopla, se cuentan algún chistecito poco original y se ríen, si pueden se sientan… No perciben la genialidad plasmada en aquel techo, no perciben la dificultad de aquella gran obra, no perciben la soledad de aquel genio ante aquellas bóvedas, las noches en vela, las discusiones con el Papa y con toda su corte de estómagos agradecidos. CINCO años ¡Por Dios! Siglos y siglos, millones y millones de personas después, no hemos conseguido más que ponerles unos trapos encima. No, no lo hemos superado, ni siquiera lo hemos igualado; únicamente hemos sido capaces de agredir y mancillar su obra, su gran obra. Así de miserables hemos sido, así de insensibles, así de estúpidos y de ignorantes.

Me imagino la explosión de alegría, de euforia más bien, que sentiría aquel personaje subido a aquellos andamios cuando entrase el mismísimo papa para hablar con él de su trabajo y, desde su privilegiada posición, se diese cuenta de la configuración humana de la sala: abajo, en el suelo, la ignorancia más absoluta, las pasiones más rastreras y más bajas; en el medio, en las paredes, la obra de unos buenos pintores que exhibían unas pinturas completamente insulsas e inexpresivas; y arriba, en el cielo, justo al lado de Dios, el genio. Esta es la sensación que yo percibí en aquella sala y estoy completamente seguro que él también la experimentó en algún momento de la ejecución de su trabajo; de hecho, en el Juicio Final, en cierto modo, esta es la configuración que plasma.

Luego, al salir de allí, como dando la razón a mis elucubraciones, alguien del grupo pregunta a la guía por las luchas de poder en el Vaticano. Las mentes estrechas y pobres buscan siempre distraerse con la polémica fácil, tratando de poner de manifiesto las miserias ajenas para tapar las propias, mientras se sienten protagonistas. Me adelanto a la guía para responderle: “¿En qué centro de poder no existe lucha por alcanzarlo?”. “Quizá en el cielo, pero estamos en la tierra”, pensé. No contestó, por supuesto, pero pude percibir que no le había gustado mi respuesta porque lo había dejado en evidencia.

No puedo sacarme de la cabeza al genio subido en los andamios. El poder que él tenía era inalcanzable para todos los humanos, incluido el Papa, por eso les obsesionó taparlo para no quedar ellos en ridículo, para que no se vieran sus miserias y sus carencias de una forma tan evidente. Conviene no perder de vista que, en aquella época, el Papa era casi como Dios, y mucho más allí.

Puedes seguir respirando vida si sigues la obra del genio, el David no lo tienes cerca, pero merecerá la pena que observes con detenimiento el Moisés. Sí, ese al que el genio le lanzó el martilló, ordenándole que hablara.  Al igual que la Piedad, Moisés transmite desde dentro del mármol que lo hace inmortal. Moisés escuchó la voz de su amo y habla a cada uno que tiene la suerte de contemplarlo, habla permanentemente, habla…

La vida, amigos míos está allí, en los puentes que comunican esta curiosa ciudad con el resto de Roma, en los puentes ricamente adornados por estatuas y llenos de gente que va y viene en un ajetreo sin fin. La vida está en el interior de la gente que siente, en las almas.

Por eso Roma fue el centro, lo fue al principio, lo siguió siendo durante y lo es ahora; y lo más importante, lo seguirá siendo siempre. Roma es el centro del universo, es la Ciudad Eterna. Nadie lo ha podido cambiar nunca y nadie podrá hacerlo por mucho que se esfuerce.

Me he extendido mucho, aunque seguiría escribiendo durante horas. Debo reconocer que el genio de Miguel Ángel me ha cautivado. No lo conocía, pero mi debilidad por este tipo de seres humanos me lo ha mostrado y me ha cautivado. Solo deciros que, afortunadamente, hay más vida en Roma. Hay mucha vida en sus calles y plazas, pero de sus plazas, de sus maravillosas plazas, os hablaré otro día.

Amador F. Moya

Reservados los derechos de autor.

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