siempre ahí, desde el origen de la vida en el centro del universo

En el origen de la vida

Descubre al personaje.

"En el origen de la vida" es un artículo que tenía escrito desde hace tiempo; en él describo, a mi manera, a un personaje maravilloso. Se trata de un artículo difícil de escribir y de leer. Te propongo que lo leas despacio y trates de averiguar quién es el personaje del que estoy hablando. Hay muchas pistas y estoy seguro de que no llegarás hasta el final sin averiguarlo, pero debes hacerlo con nombre y apellidos. Pongamos un poco de suspense y también de misterio. ¡Ah! No lo olvides y cuéntame como te ha ido.

En el origen de la vida y en el centro del universo.

Siempre ahí de forma permanente, siempre.

Inalterable minuto a minuto, hora tras hora, días, semanas, meses, años, centenas o millares de años, pero siempre presente en nuestras vidas: construyéndolas, alimentándolas, poniéndolas fin, segándolas.

A veces duerme, a veces brama, pero siempre respira. Sin Él nada hubiera tenido sentido. Con Él y desde Él, la vida se irradia al resto del planeta.

Pasiones desmedidas.

Sangre y fuego, compra y venta, amor y odio, vida y muerte. Sí, también la muerte que es el origen de la vida.

Sangre de todos aquellos que, con ansias de conquista y empeñados en imponer su supremacía sobre las demás estrellas de la galaxia, utilizaron para ello el fuego.

Fuego purificador y destructor arrojado sobre el enemigo en un juego que siempre acababa igual: en muerte y gloria.

Los cuatro elementos básicos: agua, fuego, tierra y aire.
Elementos básicos y un protagonista en la historia...

Amor y vida.

Grandes amores han sido acunados en su seno, grandes gestas, grandes leyendas, grandes hombre y grandes mujeres que llevaron a la humanidad a las más sangrientas guerras.

Guerras originadas por los bonitos ojos de una mujer, por los cantos de sirena de un todopoderoso semidiós o por la mala interpretación de alguna religión que, predicando el amor, utilizó el odio para conseguir el poder.

Pero en este maravilloso lugar siempre prevaleció, desde su origen, la vida. La vida que triunfa sobre el odio y la guerra, que nace de la sangre y que brota del fuego.

La vida que surge imparable del agua, de las olas, de las tormentas, de los vientos, de esa fuerza de la naturaleza que lo convierten en indestructible y poderoso.

La vida que es alimentada diariamente por el comercio.

¡Ah!, ¡el comercio!

Tampoco el comercio, que desde el origen de la vida ha sido sustento de todos los seres humanos, hubiera sido posible sin su ayuda y colaboración. ¿Acaso hubiéramos aprendido a comprar y a vender sin Él? No, por supuesto que no.

Grandes negocios se cerraron y grandes imperios florecieron por su existencia. Culturas, civilizaciones enteras se conocieron, se complementaron, se comunicaron, se engrandecieron y se destruyeron; todo con su permiso y bajo su atenta mirada.

Porque ante Él tenemos que doblegarnos y ser sus amigos; pedirle permiso para pasar, para estar, para disfrutar, para vivir y, si tenemos suerte y nos lo concede, seremos los seres más afortunados.

No te fíes de su calma, ejércitos enteros han sucumbido ante su furia, hombres invencibles han desaparecido fulminados, nunca nadie ha podido con Él, aunque lo intentamos.

Los negocios están en el origen de la vida.
Desde el inicio de la vida de las personas, el comercio es fundamental.

Desde el origen de la vida, generoso con sus amigos.

Ahora bien, si cuentas con su beneplácito, todo es fácil en su reino: Él puede hacer que la tormenta se clame, que la vida sea más llevadera, que los hombres se comuniquen entre sí, que disfruten de un maravilloso clima y de los placeres que puedas imaginar.

La afortunada Iberia, aprendió a comerciar y relacionarse con otras civilizaciones: Fenicios, Griegos, Cartagineses, Romanos, Árabes… Todos ellos, llegaron, comerciaron, visitaron, invadieron, se quedaron, aportaron y luego se marcharon…, pero no del todo porque muchos de ellos permanecieron.

También Hispania, muda e impasible, desde la lejanía observó cómo Él se dejaba seducir por Escipión y por sus oraciones permitiendo que, con sus naves y sus tropas, llegara a alcanzar su objetivo y destruyera sin piedad aquella floreciente civilización cartaginesa.

Sin duda que lo hizo movido por el remordimiento que le generaba haber permitido, con idéntico fin, el movimiento astuto de Aníbal años atrás.

Sus tejemanejes

Desde siempre, desde el origen de la vida, sus tejemanejes han provocado que unos perecieran y otros sobrevivieran, y dominaran.

Y dominaron tanto que solo ellos dictaron las normas; aunque siempre fue porque Él se lo permitió, a buen seguro, engañado por sus dioses y sus hechizos.

Las invasiones se repitieron y, ante sus ojos, nuevos visitantes blandieron sus espadas e  introdujeron sus lanzas en el cuerpo del enemigo para sacarlas chorreantes de sangre, y el nombre de Hispania se transformó en al-Ándalus…

Pero Él estaba ahí, observando con indiferencia, asintiendo, riendo, llorando... y los barcos seguían yendo y viniendo, comprando y vendiendo, ganando y perdiendo, llegando, desapareciendo a merced de su voluntad; siempre su voluntad.

Un día cambió el aire, la brisa comenzó a soplar a través del Estrecho y las novedades, que siempre venían de oriente, comenzaron a llegar de occidente: barcos cargados de oro, plata y productos exóticos; nuevos tiempos y nuevas civilizaciones…

Cambios y cambios, pero no para Él.

Porque seguía ahí como siempre desde el origen de la vida: participando, repartiendo, acogiendo, autorizando o denegando el paso. Y los barcos… siempre los barcos.

Ya no era al-Ándalus, ahora era España. Los nombres cambian, pertenecen a los hombres y éstos, son caprichosos, son volubles y arrogantes. No le importó en absoluto porque siguió a lo suyo, a lo que ha estado siempre: tejiendo, hilvanando, cosiendo...

Y los visitantes siguieron llegando de lugares lejanos y desconocidos: nórdicos, teutones, sajones, caucásicos, hispanos, orientales, occidentales, negros, blancos… de todo el mundo y de todos los colores. Todos fueron acogidos y bendecidos.

Pero esos insignificantes personajillos, que porque son capaces de hablar y de escribir se creen los dueños del universo, no son más que simples instrumentos en sus manos, la batuta con la que Él dirige la orquesta de sus dominios.

Sabe que en los últimos tiempos están esforzándose en hacerle daño. ¡Dios, como los odia!... y los amaba; por eso, los premia… y los castiga… como ha hecho siempre, desde el origen de la vida.

cuatro elementos básicos - símbolos
En el origen de la vida están presentes estos cuatro elementos.

Siempre igual: sangre y fuego, amor y odio, vida y muerte, también muerte; pero, sobre todo, vida.

No, no estoy hablando del sol, tampoco estoy hablando de Dios, de ningún dios; aunque, bajo el cielo y sobre la tierra es lo que más se le parece… Es simplemente: Mare Nostrum, el Mediterráneo.

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Amador Moya

Reservados todos los derechos.

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