RELATOS

AMORES Y DESENGAÑOS

APRENDIENDO A ESCRIBIR

Había esperado tanto tiempo a que llegara ese momento que, cuando lo vi al fondo de la habitación, no pude impedir que mi corazón se acelerara al ritmo de mis pies, que ya corrían a su encuentro. El abrazo fue inevitable. Nuestros labios se buscaron con urgencia y se fundieron en un largo y profundo beso. En ese momento, mi mente no podía pensar en nada que no fuera: la textura de sus labios, el sabor de su boca, el color de su lengua o el olor de su piel. Cerré los ojos y me dejé llevar por la pasión.

Hoy lo pienso con detenimiento y no comprendo como pude cometer semejante error. Resulta sorprendente la capacidad del ser humano para equivocarse, para “tropezar contra la misma piedra”, y aun así, seguimos tropezando.

De nuevo, mi corazón se impuso a mi cerebro. Los alocados sentimientos triunfaron sobre la razón. Mis necesidades fisiológicas acallaron los sabios consejos que la mente me estaba susurrando. El momento no fue el adecuado para mantener el equilibrio, mi cuerpo necesitaba sexo, las hormonas estaban disparadas y, en esas condiciones, era muy difícil elegir.

Porque, ¿cuáles eran los méritos de Santiago?, ¿cuáles sus virtudes? Sí, era guapo y alto, incluso joven; pero era un inmoral, un mentiroso patológico y la fidelidad era un concepto totalmente desconocido para él.

Debo reconocer que, en la cama, era un estupendo amante. Esa era su gran virtud y lo que me retuvo a su lado durante dos años, a pesar de que intuía que no era la única.

RESERVADOS LOS DERECHOS DE AUTOR

Amador F. Moya.

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